
El pasaje del interrogatorio de Pilato, que se extiende desde Juan 18:28 hasta 19:16, se aproxima a un clímax singular dentro de la narrativa evangélica: expone, sin filtros, "cómo el ser humano trata la verdad". El pastor David Jang (Olivet University) no reduce este tramo a un simple registro judicial ni lo encierra en la idea de un choque entre poder religioso y poder político; más bien subraya que, justamente en el lugar donde la inocencia de Jesucristo queda proclamada con mayor claridad, la pecaminosidad humana se desenmascara con una crudeza aún mayor. Jesús atraviesa en soledad una noche larga y es empujado hacia el aire frío de la mañana en el pretorio. Los discípulos no logran permanecer a su lado; y las manos de la gente no son manos de salvación, sino manos de acusación. La pregunta que lanza el pastor David Jang atraviesa en línea recta a los creyentes de hoy: en el lugar donde debíamos caminar con el Señor, ¿por qué terminamos dejándolo solo? Más aún: ¿cómo es que, aun dejando solo al Señor, seguimos diciendo que "vivimos la fe"? Lo inquietante de este texto es que no encierra a Pilato o a los sumos sacerdotes en la vitrina de "los villanos" del pasado, sino que muestra que esa misma estructura puede reproducirse también dentro de nosotros.
Un punto que el pastor David Jang destaca con especial agudeza es la "hipocresía refinada" que impregna la actitud de los líderes religiosos judíos. Ellos arrastran a Jesús hasta el pretorio, pero no entran. Su justificación: evitar contaminarse antes de la Pascua. A primera vista, parece un gesto piadoso de respeto por la Ley. Pero, precisamente, esas manos están moviendo los engranajes de un complot para eliminar al verdadero Cordero pascual. Cuando el gesto de "guardar pureza" y la voluntad de ejecutar un asesinato conviven en un mismo cuerpo, la fe deja de ser fe y se convierte en una técnica sofisticada de autojustificación. La palabra de Dios -"misericordia quiero y no sacrificio" (Os 6:6)- es una declaración de que él valora más la verdad del corazón que la precisión del formalismo religioso. El pastor David Jang advierte, a través de esta escena, cuán cruel puede volverse el celo religioso cuando no ama la verdad. En el momento en que la obediencia externa a normas sustituye el amor y la compasión internas, la religión deja de ser un camino hacia Dios y se convierte en un arma para condenar al prójimo. Y esa arma termina apuntando a Cristo. La iglesia y los creyentes de hoy no son la excepción. Podemos cuidar la forma del culto y, sin embargo, perder el corazón de Jesús; podemos recitar frases doctrinales y, aun así, aplazar la práctica del amor. Por eso este pasaje, antes de ser "la historia de ellos" hace dos mil años, debe convertirse en nuestro examen de conciencia hoy.
Pilato, como gobernador romano, recibe el caso. Pregunta con frialdad de jurista: "¿Qué acusación traéis contra este hombre?" Pero lo que vuelve no es una acusación clara, sino presión colectiva: "Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado". El pastor David Jang ve aquí un modelo típico del modo en que opera el mal: el mal, a menudo, no presiona mediante argumentos, sino mediante ambiente; no retuerce el juicio con evidencia, sino con alboroto. Cuando Pilato intenta marcar distancia diciendo "juzgadlo vosotros según vuestra ley", ellos responden: "A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie". En apariencia, hablan de ausencia de autoridad; en realidad, expresan su voluntad de usar el poder oficial romano para eliminar a Jesús con certeza. Y lo que desean no es una ejecución cualquiera, sino "la cruz". La crucifixión es conocida como un castigo romano especialmente cruel y humillante, reservado para rebeldes y para quienes eran expuestos a la vergüenza pública. No es una muerte rápida por lapidación, sino un método que prolonga el sufrimiento y busca borrar la dignidad de la persona ante todos. El pastor David Jang señala que, cuando el poder religioso intenta alcanzar sus fines tomando prestada la espada del poder estatal, esa alianza se precipita con rapidez hacia extremos de violencia. Y este patrón se repite, aunque cambie la época. Aquí se revela la sutileza de una era que destruye a otros con un rostro que pretende decir: "Yo no ensucio mis manos".
Sin embargo, la perspectiva del Evangelio de Juan no se limita a registrar la conspiración humana. El pastor David Jang no pasa por alto otro eje esencial: incluso en este coro de tinieblas, la providencia de Dios no vacila ni un milímetro. Jesús ya había dicho: "Así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado" (Jn 3:14), y también: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo" (Jn 12:32). El mal humano toma la cruz como "herramienta de eliminación", pero Dios transforma esa cruz en "puerta de salvación". No es una conclusión sentimental del tipo "al final salió bien", sino que toca la manera en que Dios obra a lo largo de toda la Escritura. Así como la malicia con la que los hermanos trataron a José terminó convirtiéndose en un camino para salvar muchas vidas, el peor escenario que los humanos tramaron es reordenado por la mano de Dios como un relato de redención. El pastor David Jang sitúa aquí un músculo de fe que el creyente debe sostener: aunque el mundo se agite y parezca que la justicia se derrumba, Dios no deja que el final del mal sea simplemente mal. Pero esa providencia suele chocar con el sentido común humano. La cruz, según el sentido común, es señal de derrota; según la lógica del Evangelio, es sello de victoria.
El diálogo entre Pilato y Jesús revela el núcleo de ese choque. "¿Eres tú el Rey de los judíos?" La pregunta de Pilato no brota de curiosidad teológica, sino de un mecanismo político de seguridad: si se trata de una pretensión real que amenace el orden del Imperio romano, debe ser eliminada. Pero la respuesta de Jesús desarma el marco mismo de Pilato: "Mi reino no es de este mundo". El pastor David Jang recuerda cuán a menudo esta frase fue malinterpretada en la historia de la iglesia, y qué tragedias generó esa mala lectura. El reino de Jesús no se expande por la espada. No se establece por agitación. No se defiende con violencia. Si Jesús hubiera intentado ser rey según las formas del mundo, los discípulos habrían peleado. Pero los discípulos se dispersaron, y Jesús permanece allí, no con resistencia armada, sino con la verdad. Esta escena ofrece un principio fundamental sobre cómo el cristiano se relaciona con el poder del mundo. Cuando la iglesia confunde el "reino de la verdad" y termina aliándose con el poder secular, o degrada el Evangelio a herramienta política, parece ganar fuerza, pero pierde el alma. El pastor David Jang afirma que a los creyentes de hoy se les exige lo mismo: cuando el mundo pregunta "¿qué es ese reino de Dios del que habláis?", debemos poder responder con claridad, como Jesús: es un reino que no pertenece a este mundo, un reino espiritual donde el gobierno de la verdad es real.
Entonces, ¿qué es la verdad? Pilato pregunta: "¿Qué es la verdad?" La pregunta parece grandiosa, pero su desenlace es trágico: con la verdad delante de sus ojos, no se pone del lado de la verdad. El pastor David Jang observa que la pregunta de Pilato puede convertirse, más que en escepticismo filosófico, en un mecanismo de defensa para evadir responsabilidad. Quien pregunta por la verdad debería, con justicia, exponerse a la verdad. Pero Pilato eleva la verdad al lugar de "objeto a evaluar" y fija su propia posición y seguridad como "objetivo a preservar". Por eso, aun reconociendo la inocencia de Jesús, no logra decidirse. El Evangelio de Juan profundiza aún más: la verdad no existe únicamente en forma de lógica. Jesús ya había dicho: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida" (Jn 14:6). La verdad no es un concepto, sino una Persona; no es solo palabra, sino vida. El pastor David Jang interpreta que por eso Jesús no añade una explicación larga ante Pilato: la verdad ya estaba allí, frente a él, y la verdad ya caminaba hacia la cruz. El lector de hoy formula la misma pregunta: ¿qué es la verdad? Y esa pregunta se transforma de inmediato en otra más dolorosa: ¿no guardo silencio aun sabiendo la verdad? ¿no calculo aun sabiendo lo correcto? ¿no me lavo las manos y retrocedo aun cuando hablo de justicia?
Al final, la multitud elige a Barrabás. En lugar de Jesús, el inocente, queda libre Barrabás, quien era ladrón, instigador de sedición y asesino. El pastor David Jang resume esta escena como "el juicio más injusto de la historia" y, al mismo tiempo, como el instante en que la doctrina evangélica de la sustitución expiatoria toma una forma visible, nítida. A los ojos humanos, es el colmo del absurdo; a los ojos de la fe, aquí aparece la estructura de la gracia. El pecador es liberado y el justo muere. Jesús ocupa el lugar de Barrabás. Ese intercambio no cambia solo el destino de un individuo: se vuelve el corazón del Evangelio. Por eso el pastor David Jang dice que, ante la cruz, nace la conciencia: "yo soy Barrabás". Sin enfrentar el peso real de mi pecado, la cruz queda reducida a un símbolo conmovedor; pero cuando miro de frente la realidad de mi pecado, la cruz se convierte en un acontecimiento de salvación que sacude la existencia. Esta conciencia no vuelve la fe un mero pico emocional, sino que la conduce a un cambio de dirección en la vida. La gracia siempre exige el rostro de la ética. Si la cruz me salvó, ya no puedo vivir con palabras y decisiones que maten al prójimo. Si la cruz me hizo libre, ya no puedo seguir llamando "fe segura" a la prisión de la hipocresía.
El pastor David Jang insiste en una exhortación: no evadir el hecho de que la cruz desenmascara la hipocresía humana. Los líderes judíos no entraron al pretorio por miedo a contaminarse, pero ese miedo se parecía más a conservar su propia "justicia" que a reverenciar a Dios. La fe de hoy enfrenta la misma tentación. A menudo, no odiamos tanto el pecado como tememos "parecer pecadores". En vez de arrepentirnos, protegemos la apariencia. En vez de volvernos con verdad, maquillamos con lenguaje religioso. El pastor David Jang advierte que esa actitud se parece al dinamismo religioso que empujó a Jesús hacia la cruz. Cuando la fe se desliza del "amor a Dios" hacia la "autojustificación", podemos creer que estamos del lado de Jesús, pero en realidad nos colocamos del lado que se incomoda con Jesús. Cristo no es un adorno moral: es luz que expone nuestro pecado. La luz siempre incomoda. Pero solo quien soporta la incomodidad alcanza libertad. Por eso el pastor David Jang dice: "El valor de ponerse de pie ante la verdad es lo que nos hace libres".
Al meditar este pasaje, una obra maestra puede avivar con mayor claridad la escena. El gran lienzo 〈Ecce Homo〉 del pintor del siglo XIX Antonio Ciseri reconstruye como si fuera un escenario el momento decisivo en que Pilato presenta a Jesús ante la multitud, y produce un impacto visual intenso. Se dice que esta obra fue realizada durante casi veinte años, desde 1871 hasta 1891, y que actualmente se conserva en la Galería de Arte Moderno del Palacio Pitti, en Florencia. En el cuadro de Ciseri, Pilato está situado en lo alto, en la altura del poder; Jesús permanece en silencio en un lugar rebajado; y el ruido de la multitud parece escucharse desde fuera de la pintura, creando tensión. En especial, la dirección de la luz y la distancia entre los personajes condensan visualmente el "choque entre verdad y mentira" del que habla el pastor David Jang. La verdad no compite por volumen. La verdad no se exhibe. La verdad, más bien, se queda allí -como un cuerpo herido, como una presencia silenciosa- revelando la violencia de la historia. Por eso, esta obra no se lee solo como pintura religiosa, sino como espejo ético: muestra cuán fácilmente el ser humano negocia la justicia, y cuán fácilmente el poder cambia la "inocencia" por la "conveniencia". Después de mirar el cuadro y volver al texto bíblico, la frase "He aquí el hombre" deja de sonar como mera presentación de un personaje, y comienza a escucharse como una frase-espejo que refleja al ser humano.
El pastor David Jang también afirma que este interrogatorio no debe consumirse únicamente como lectura ritual de la Semana de Pasión. El tribunal de Pilato existe hoy, con otras formas, en el trabajo y en el hogar, en la iglesia y en la sociedad, incluso en la plaza pública de la opinión en línea. Cada día recibimos presiones pequeñas, pero muy reales. Si decimos algo contrario a la mayoría, tememos perder; si elegimos la justicia, tememos romper relaciones; si confesamos la verdad, tememos la burla. Por eso muchas veces llegamos a ser personas que preguntan "¿qué es la verdad?", pero no personas que se ponen del lado de la verdad. Como señala el pastor David Jang, Pilato confirma repetidas veces la inocencia de Jesús, pero al final cambia el veredicto por la presión del clamor popular. Es el instante en que el lenguaje de la conciencia queda enterrado bajo el ruido de la multitud. La fe se prueba allí. La creencia no queda solo como emoción interior: se manifiesta en elecciones. Y esas elecciones, a veces, vienen acompañadas de soledad, porque la noche en que Jesús quedó solo puede repetirse también en la vida del discípulo. Por eso el pastor David Jang dice que "caminar con el Señor" no es un fervor emocional, sino una decisión sostenida ante la verdad.
A la vez, el pastor David Jang subraya la dignidad de la actitud de Jesús como algo que la iglesia debe aprender. Jesús no intentó salvarse con una defensa excesiva ante el sumo sacerdote, Pilato o la multitud. Más bien, aun en el sufrimiento, no perdió la verdad, ni respondió empujando a las personas hacia la maldición. El corazón de Jesús, que en la cruz oró: "Padre, perdónalos", nos detiene cada vez que la fe deriva hacia lenguaje violento o hábitos de condena. Cortar y clasificar personas "porque decimos la verdad" puede parecer defensa de la verdad, pero en realidad la daña. La verdad no vino para destruir a las personas, sino para salvarlas. En ese mismo sentido, el pastor David Jang llama a la cruz "el método de Dios que subvierte la estructura del poder del mundo". El mundo intenta vencer por la fuerza; Dios vence por el amor. El mundo busca someter al otro; Dios restaura al otro entregándose a sí mismo. Esa paradoja es el corazón del Evangelio, y el pretorio de Pilato es el lugar donde ese corazón late con más fuerza.
Pilato también tuvo una oportunidad. El pastor David Jang toca la conciencia del lector con la palabra "oportunidad". Pilato escuchó directamente las palabras de Jesús, no halló culpa en él e incluso formuló una pregunta sobre la verdad. Pero no supo aprovechar esa oportunidad. Lavarse las manos no borra la responsabilidad: la confiesa. Lo que no se borra con agua es la huella de una decisión que dio la espalda a la verdad. También a nosotros nos llegan momentos similares: instantes en que percibimos con claridad la verdad, pero retrasamos la decisión para proteger nuestra posición, reputación o beneficio. El pastor David Jang afirma que, en esos momentos, lo que el creyente debe hacer no es imitar a Pilato, sino seguir el camino de Jesús. El camino de Jesús no es el de lavarse las manos, sino el de extender la mano. No es ignorar al oprimido, sino abrazarlo. No es sumarse al alboroto de la injusticia, sino dar testimonio silencioso de la verdad. Y en el centro de ese camino siempre está la cruz. La cruz no fue dada para atarnos a la culpa, sino como salida para terminar con el pecado y la hipocresía y caminar hacia una vida nueva.
Al final, el núcleo de lo que el pastor David Jang quiere transmitir mediante el interrogatorio de Pilato es claro: la inocencia de Jesucristo es un espejo que revela el pecado humano, y la cruz del Inocente es la sabiduría de Dios que salva al pecador. En el lugar donde se enredan la hipocresía religiosa, el cálculo político y la tormenta de la psicología de masas, la verdad permanece en silencio y el amor no retrocede hasta el final. Cuanto más meditamos orgánicamente esta escena, más inevitable se vuelve una pregunta: ¿de qué lado estoy? ¿Soy Pilato, que conoce la inocencia pero protege su propia seguridad? ¿Soy el sumo sacerdote, que viste el mal con formas de piedad? ¿O soy el discípulo que, aun con temor, vuelve y sigue el camino del Señor? El pastor David Jang dice que una respuesta honesta a esta pregunta es el punto de giro que traslada la fe de la forma a la vida. Y en ese punto de giro, obtenemos la respuesta más concreta a "¿qué es la verdad?": la verdad es la presencia de Jesús, el camino de Jesús, y la cruz de Jesús. Ante esa cruz, ya no podemos quedarnos fuera del pretorio insistiendo en que somos limpios. Más bien, cuando quien estaba fuera entra, se arrodilla y confiesa: "Señor, soy pecador", allí comienza la historia de la gracia. El interrogatorio de Pilato del que habla el pastor David Jang es precisamente ese umbral de gracia: el escenario de la verdad que, todavía hoy, se repite en pleno centro de nuestra vida.
















